Una marca es una huella. Es la huella que queda grabada en nuestra mente al entrar en contacto con un producto, un servicio o una persona. Nuestra marca —nuestra huella— está en quien nos percibe, no en nosotros, y se activa en cada gesto, cada tuit, cada prenda de vestir, cada opinión o valoración que hacemos y que es percibida por alguien.

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Es nuestra tarea y nuestra responsabilidad reflejar lo que somos en el mensaje que emitimos, en el modo en que somos percibidos. Es decir, en nuestro tejado queda la gestión de lo que, por el hecho de estar vivos, está ya sucediendo, de lo que estamos generando: una huella, nuestra marca.

Hay huellas tan profundas que han recorrido años y siglos de historia, y que siguen presentes en la mente de todos definiendo su categoría de producto, modelando la actividad en la que desarrollaron con excelencia su labor.

Estoy seguro de que, si hacemos una breve lista de los artistas que consideramos más relevantes para la Historia del Arte, en la mayoría aparecerá el nombre de Miguel Ángel Buonarroti, que es, sin duda, uno de esos artistas universales cuya obra define la categoría «Arte».

Miguel Ángel Buonarroti era un muchacho rebelde que se salió con la suya. Y la suya era perseguir su pasión: ser artista. Después de ser obligado a estudiar Gramática, convenció a su padre para que le permitiese seguir su vocación, y a los doce años entró en el taller de los Ghirlandaio. Aunque parece que la escultura fue su disciplina preferida, también cultivó con enorme éxito la pintura y la arquitectura. Al decir pintura y Miguel Ángel en la misma frase, seguro que en tu cabeza se dibuja la Capilla Sixtina. Miguel Ángel fue un magnífico dibujante y un notable poeta también.

Pero lo importante no es en la cantidad sino la calidad. A los veintitrés años esculpió una de sus obras más importantes, la Piedad del Vaticano. Sí, a los veintitrés, a la edad en que la mayoría de nosotros terminamos la carrera y comenzamos a caminar buscando un futuro profesional, Miguel Ángel ya había llegado a una de las cumbres de la escultura de todos los tiempos. Da que pensar, ¿verdad? La pasión por su trabajo y la obsesión por la perfección le llevaron a encerrarse literalmente con un bloque de mármol durante dos años y medio para esculpir otra obra cumbre, el majestuoso David. La Piedad, la Capilla Sixtina, el David, ya tenemos varias huellas, ¿verdad? Son muchos los datos y los hitos en la vida de este artista, pero a mí me gustaría destacar uno en particular: fue el primer artista occidental del que se publicaron en vida dos biografías.

Podríamos decir que el recuerdo que de Miguel Ángel perdura en la historia se gestó ya en las miradas, las huellas, la marca que dejó en sus contemporáneos. Me quedo con una de sus citas, que habla por sí misma de su relación con la marca personal:

«Dejadme ser capaz de desear más de lo que puedo alcanzar».

Alejandro Magno es uno de los personajes más relevantes de la historia universal. Fue el más grande conquistador que se haya conocido, pero su prematura muerte lo dejó a las puertas de adueñarse del mundo entero. Toda esta empresa de conquista se desarrolló en tan sólo trece años de reinado y treinta y tres de vida. Alejandro murió justo cuando empezaba a madurar profesionalmente, diríamos desde nuestra mentalidad actual. Los datos sobre su vida son apabullantes, así como las historias de traición, su voluntad inquebrantable, las disputas sucesorias y las teorías sobre su extraña muerte. Todo ello ha contribuido a enriquecer el aura y la leyenda del personaje y a fijar su huella en la memoria colectiva.

La idea de extender el poder de los macedonios fue fomentada por su padre desde una edad temprana. También es muy reseñable su formación en historia, política y humanidades de la mano de Aristóteles. A este poso se atribuye su capacidad para integrar en el imperio las zonas conquistadas. Es muy conocida su pasión por anticiparse y lanzarse a las batallas por el placer de la conquista. Me quedaré con la frase que se le atribuye cuando respondió al consejo de Aristóteles de no tener tanta prisa en «dar el salto» a las batallas reales:

«Si espero perderé la audacia de la juventud».

Obviamente, ni Miguel Ángel ni Alejandro tuvieron conciencia de estar gestionando su marca personal. Pero tener unos objetivos claros, vivir apasionadamente haciendo aquello en lo que uno cree, luchar, pensar en grande son algunas de las enseñanzas que están siempre presentes en la biografía de estas dos grandes marcas personales de las que, estoy seguro, tenemos mucho que aprender.

Imagen: Google CC Search
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