Por Guillem Recolons. Consultor estratégico de marca personal y socio de Soymimarca.

No es difícil que nos influya el éxito ajeno, para qué negarlo. Pero de ahí a perder nuestra esencia hay un trecho. Hoy os hablo de la luz que ilumina el camino de la marca personal, la autenticidad.

De las distintas definiciones de autenticidad que leo me quedo, una vez más, con la más minimalista: ser fiel al origen. Es bien cierto que en esta vida evolucionamos, cambiamos. Nuestros entornos se mueven, y nosotros nos movemos en consecuencia. Pero existen una serie de principios, de pautas, de reacciones, o de conductas que forman parte de nuestro ADN inmutable, es lo que configura nuestra personalidad. Y eso no se mueve, es lo que nos distingue de otras personas, lo que nos hace únicos, nuestro capital emocional diferencial.

No me cansaré de repetir que, sin el paraguas de la autenticidad el resto de valores que podamos abanderar carecen de sentido. No puedo creerme que seas una persona honesta si antes no tengo claro que eres auténtica, fiel a tus principios.

El capital emocional es un gran responsable de nuestro posicionamiento diferencial. Hemos de aceptarlo y potenciarlo, evitando como sea imitaciones sin sentido de personas a las que admiramos. Estos días ando trabajando con un cliente que es un gran admirador del ex banquero y ahora escritor Mario Conde. Respetable. Pero mi cliente sabe muy bien que él no será un Mario Conde, sabe distinguir entre admirar y emular.

A menudo, cuando estoy dando una charla suelo lanzar esa pregunta comprometedora: ¿Dónde quieres estar en 10 años? Lo habitual, y lo natural es que no haya ni una respuesta. Pero creedme, sueño con el día en que alguien me conteste: en 10 años quiero seguir siendo yo.

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